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El
autor acerca de Cecilia.
No
escribí Cecilia pensando en religión, sino en amor. Y fue
siguiendo las huellas chocarreras del amor que decidí pedirle lo
que normalmente sólo se espera de Dios: un milagro.
Se trataba de que el amor, una vez
más, cruzara las fronteras del fanatismo, la traición, el dolor,
la crueldad y finalmente, triunfalmente, la misantropía. Odiar por
amor, amar más allá de la lógica terrenal y, por encima de todo,
amar a una cosa sobre todos los dioses: tal era el contenido del
milagro.
¿Puede, quien religiosamente ama,
odiar a su prójimo como a sí mismo? De las Cruzadas a la Yihad,
hemos visto cómo los altares, demasiado a menudo, se alimentan de
sangre fresca.
Quienes crecimos seducidos por el
romanticismo tortuoso y por ello sublime de la crucifixión,
difícilmente podemos concebir una forma de amor libre de las espinas,
los clavos y la cruz. Escribí esta historia desde la orfandad del
amor: esos cientos y cientos de dolientes instantes que terminan
poniéndonos incondicionalmente a su merced.
Como el protagonista, he amado a mi
Cecilia con temblores y lágrimas. Como Cecilia, decidí que ese amor
debía y merecía conocer el mar. Y, una vez allí, enfrentarse a quien
un día más amó para defender su sagrado derecho a la bienaventuranza
freelance. En semejantes circunstancias, preguntarse si la
Santa Cecilia y el Jesucristo de esta historia son o pretenden ser
los auténticos, sería como confundir a James Bond con Sean Connery,
y a Sean Connery con el Espíritu Santo.
En La última tentación de Cristo,
Kazantzakis y Scorsese nos hablan de la lucha cuerpo a cuerpo con
el alma. Preso de una plegaria sin orillas, he confundido hasta
el final los límites del uno con la otra. No es Duda, ni Sarcasmo,
ni Blasfemia, el hado que se oculta, forajido, detrás de cada línea
de Cecilia. Pobre del que lo piense o lo desee. Puesto que
nadie ha sido, sino Amor, quien laceró la piel de esta plegaria.
Evidentemente, la historia ya estaba
escrita cuando me topé con ella. Para seguro escándalo de incrédulos,
pobres de espíritu y escasos de fe, doy gracias a Dios por habérmela
dictado.
X.V.
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